Lic. Primitivo Gil periodista Director TPM.
Editorial
Por: Primitivo Gil, director.
Venezuela enfrenta hoy una prueba determinante que trasciende nombres, ideologías y coyunturas. Los acontecimientos recientes han colocado al país en el centro de una transición forzada, cargada de tensiones internas y miradas externas, donde el verdadero desafío no es solo político, sino profundamente democrático.
La captura de Nicolás Maduro ha provocado un reordenamiento abrupto del poder, pero la salida de una figura no garantiza, por sí sola, la restauración de la democracia. La historia enseña que los vacíos de poder mal gestionados suelen abrir la puerta a nuevas formas de autoritarismo, incluso bajo el discurso del orden, la estabilidad o la paz.
El nombramiento de un gobierno interino y los primeros gestos de apertura, como la liberación parcial de presos políticos, deben ser evaluados con responsabilidad y sin triunfalismos. La democracia no se construye con medidas aisladas ni concesiones selectivas, sino con instituciones fuertes, separación real de poderes, elecciones libres y respeto irrestricto a los derechos humanos.
El pueblo venezolano, golpeado por años de crisis económica, deterioro social y migración forzada, no puede seguir siendo rehén de decisiones tomadas sin su participación. La democracia exige que la soberanía resida en los ciudadanos, no en tribunales complacientes, fuerzas armadas politizadas ni actores externos, por poderosos que estos sean.
La comunidad internacional tiene un rol ineludible, pero también límites claros. Acompañar un proceso democrático no equivale a imponer salidas ni administrar transiciones. La defensa de la democracia debe ser coherente: no puede justificarse la vulneración de principios democráticos en nombre de supuestos fines democráticos.
Venezuela no necesita tutelajes ni atajos, sino un camino claro hacia la legitimidad: garantías políticas, justicia independiente, libertad de expresión y un cronograma electoral verificable. Solo así podrá iniciarse una verdadera reconciliación nacional y la reconstrucción de la confianza ciudadana.
Esta es la prueba democrática de Venezuela. Y su resultado no solo marcará el destino del país, sino que enviará un mensaje al mundo: o la democracia se defiende sin ambigüedades, o se convierte en una palabra vacía, manipulable según conveniencias de poder.

