Lic. Primitivo Gil periodista Director TPM.
Artículo de opinión.
Por Primitivo Gil.
En tiempos donde la política suele confundirse con privilegio, espectáculo y distanciamiento del ciudadano, la imagen de Mark Rutte alejándose en bicicleta de la sede del gobierno en La Haya no es solo una anécdota curiosa: es una poderosa declaración de principios. Un símbolo que interpela, cuestiona y, sobre todo, desnuda las profundas diferencias entre dos formas de ejercer el poder.
Catorce años al frente de un país y ni una caravana de lujo, ni un séquito de seguridad innecesario, ni la arrogancia del cargo. Rutte se va como llegó: siendo un ciudadano más. Y eso, en sí mismo, es revolucionario.
En América Latina, lamentablemente, la política sigue arrastrando viejos vicios. Funcionarios que convierten el Estado en extensión de sus privilegios, que necesitan escoltas para aparentar poder, que se desconectan de la realidad del pueblo que los eligió. La cultura del “cargo” ha sustituido la vocación de servicio. Aquí, muchos llegan caminando y se van en vehículos blindados… cuando no en medio de cuestionamientos.
Lo de Rutte no es marketing político; es coherencia. Durante años, los ciudadanos neerlandeses lo vieron pedalear hacia su oficina, comprar en tiendas comunes y llevar una vida sin estridencias. Esa conducta constante es la que construye credibilidad, no los discursos grandilocuentes ni las promesas de campaña.
La sencillez no es debilidad. Al contrario, es una de las formas más altas de fortaleza institucional. Un líder que no necesita demostrar poder a través de excesos es un líder que entiende su rol: administrar, no dominar; servir, no servirse.
El contraste con muchos políticos latinoamericanos es inevitable. En una región donde abundan las desigualdades, la ostentación de quienes gobiernan resulta no solo ofensiva, sino peligrosa. Porque amplía la brecha entre gobernantes y gobernados, erosiona la confianza pública y alimenta el desencanto democrático.
El gesto de Rutte debería servir como espejo. No para idealizar modelos ajenos, sino para reflexionar sobre nuestras propias prácticas. ¿Es realmente necesario tanto protocolo, tanto lujo, tanta distancia? ¿O es posible ejercer el poder con humildad, cercanía y responsabilidad?
La política necesita recuperar su esencia: ser un instrumento de transformación social, no una plataforma de privilegios personales. Y en ese camino, ejemplos como el de Mark Rutte marcan una ruta clara.
Quizás el verdadero legado de este líder no esté solo en sus decisiones de gobierno, sino en el mensaje que deja al mundo: el poder no se mide por la escolta que te rodea, sino por la confianza que generas. Y esa, definitivamente, no se construye desde un asiento trasero blindado, sino —como él lo demostró— pedaleando junto a la gente.
