DITORIAL DE TPM
Editorial | Conciencia, poder y palabra: una advertencia que no debe ignorarse
La Carta Pastoral dominicana no es un documento ritual ni un ejercicio retórico propio del calendario litúrgico. Es, en esencia, un llamado urgente a la conciencia nacional. Un espejo incómodo que refleja con crudeza las grietas éticas, sociales e institucionales de un país donde el discurso oficial suele transitar por una ruta paralela —y distante— de la realidad cotidiana de la gente.
Cuando la Iglesia habla de corrupción que roba derechos, de violencia que arrebata vidas jóvenes, de inseguridad que normaliza el miedo y de un medioambiente degradado por la indiferencia estatal, no está haciendo política partidaria: está cumpliendo su rol histórico de voz moral. Sus palabras interpelan al poder, pero también a la ciudadanía, porque ninguna crisis estructural se sostiene solo desde arriba; también se tolera desde abajo cuando se normaliza, se justifica o se calla.
La advertencia pastoral es clara: no puede haber desarrollo donde la dignidad humana es vulnerada; no puede haber estabilidad donde la ley se interpreta según conveniencias; no puede haber paz social cuando la impunidad se convierte en sistema. En ese contexto, la responsabilidad del Gobierno es ineludible. Gobernar no es administrar percepciones ni maquillar cifras; es garantizar derechos, respetar la legalidad y asumir consecuencias. Cuando la ley se viola desde el poder, el mensaje que se envía a la sociedad es devastador: que la norma es flexible para unos y rígida para otros.
Pero esta reflexión no se agota en el Ejecutivo. La Carta Pastoral también alcanza —aunque no siempre se quiera admitir— a los medios de comunicación. El periodismo no puede ser eco complaciente del poder ni rehén de intereses económicos o políticos. En tiempos de confusión y descrédito institucional, informar con rigor, contextualizar con honestidad y fiscalizar con valentía es un deber ético. El silencio cómplice, la desinformación o el sensacionalismo irresponsable erosionan la confianza pública y profundizan el desencanto ciudadano.
Asimismo, la ciudadanía está llamada a algo más que la indignación episódica. La conciencia cívica exige participación, vigilancia social y rechazo frontal a la cultura del “no me importa” o del “todos son iguales”. La democracia no se sostiene solo en elecciones; se fortalece en la exigencia diaria de transparencia, justicia y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
La Carta Pastoral, en definitiva, es una advertencia y una orientación. Advierte que ignorar la realidad tiene costos acumulativos; orienta hacia una ética pública basada en el bien común, la justicia sin privilegios y el respeto irrestricto a la vida. Desoírla sería un error histórico. Escucharla, en cambio, podría ser el primer paso para recomponer la confianza rota entre Estado y sociedad.
Que este llamado no se archive como un documento incómodo ni se reduzca a un titular pasajero. Que interpelen sus palabras al gobernante, al comunicador y al ciudadano común. Porque, como bien recuerda la conciencia cristiana y democrática, el juicio de la historia no absuelve la indiferencia.
Dios sea nuestro protector… pero que la responsabilidad humana no se esconda detrás de la fe.
