Editorial
Por Primitivo Gil, director.
Los terremotos que han golpeado a Venezuela han dejado una profunda huella de dolor, incertidumbre y angustia. Detrás de cada cifra hay un rostro, una familia, un niño, una madre, un padre que hoy claman por ayuda, esperanza y consuelo.
En momentos como este, las diferencias políticas, sociales o culturales deben quedar a un lado. La tragedia nos recuerda que todos pertenecemos a una misma familia humana y que el sufrimiento de un pueblo debe conmover la conciencia del mundo entero.
Hoy, más que nunca, es necesario levantar una voz de solidaridad. Gobiernos, instituciones, organizaciones y ciudadanos estamos llamados a tender una mano a nuestros hermanos venezolanos, demostrando que la compasión y la fraternidad siguen siendo los valores que sostienen a la humanidad.
Los desastres naturales nos recuerdan la fragilidad de la vida. También nos enseñan que el amor al prójimo, la unidad y la fe tienen el poder de levantar corazones cuando todo parece derrumbarse.
Creemos firmemente que Dios es el Rey y Creador de todo cuanto existe. En medio del dolor, la oración se convierte en un refugio, en una fuente de fortaleza y en un acto de esperanza para quienes luchan por sobrevivir y para quienes esperan noticias de sus seres queridos.
Hoy elevamos una plegaria:
Señor, te pedimos por cada persona que aún permanece bajo los escombros. Abrázalos con tu infinito amor, dales fuerzas para resistir un poco más, calma en medio del miedo y esperanza para no rendirse. Sostén sus vidas, protégelos y permite que la ayuda llegue a tiempo. Guía las manos de quienes los buscan; concédeles sabiduría, fortaleza y perseverancia para encontrarlos. Que quienes esperan un milagro puedan volver a abrazar a sus seres queridos.
Que esta tragedia despierte la sensibilidad del mundo y nos recuerde que la verdadera grandeza de la humanidad se manifiesta cuando somos capaces de unirnos para salvar vidas, aliviar el dolor y sembrar esperanza.
Hoy Venezuela necesita nuestra ayuda. Pero, sobre todo, necesita saber que no está sola.
Unámonos en oración. Unámonos en solidaridad. Porque mientras exista fe, amor y esperanza, siempre habrá razones para creer en un mañana mejor.

