Por Primitivo Gil | Director TPM.
La República Dominicana celebra, con razón, el mejor año turístico de su historia.
En 2025 el país recibió más de 11.7 millones de visitantes, un crecimiento interanual del 4.3%, equivalente a casi 500 mil turistas adicionales respecto a 2024, consolidándose como el segundo destino de América Latina, solo por detrás de México. (7dias) Las cifras impresionan aún más en lo económico: según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), la industria turística contribuyó con aproximadamente US$21,100 millones al PIB en 2025, equivalente al 15.8% de la economía nacional, empleando a cerca de 893,000 personas, el 17.9% de la fuerza laboral del país. (Revista Mercado) Nadie sensato niega este logro. Pero precisamente porque los números son tan grandes, la pregunta que debemos
hacernos con igual grandeza es: ¿qué le pasa a la República Dominicana si ese
coloso se tambalea?
La respuesta incomoda. Un país que deposita en una sola industria casi el 16% de su PIB y casi el 18% de su empleo total no está construyendo riqueza, está construyendo dependencia. La historia del Caribe y de América Latina está repleta de naciones que apostaron todo a un solo producto — el azúcar, el petróleo, el plátano — y pagaron el
precio en crisis sociales devastadoras cuando los mercados internacionales tosieron.
El propio turismo dominicano vivió ese dolor: la guerra entre Rusia y Ucrania provocó la pérdida de más de 500,000 turistas anuales al destino. (Listindiario) Y eso fue apenas un conflicto regional. Si la turbulencia geopolítica global se prolonga, si las tarifas aéreas se disparan, si una pandemia regresa o si la economía de los Estados Unidos — nuestro principal mercado emisor — entra en recesión severa, ¿con qué amortiguamos el golpe? No podemos vivir de sol y playa si el sol de la economía global se nubla.
Afortunadamente, el campo dominicano ya está dando señales que merecen
atención urgente y apoyo sostenido. El sector agropecuario registró un crecimiento del 3.9% en 2025, con exportaciones de bienes agropecuarios que alcanzaron los
US$3,680 millones, un incremento del 9% frente al año anterior. (Infobae) La
producción de arroz llegó a 14.78 millones de quintales, mientras que el plátano, el aguacate y la producción hortícola también marcaron registros históricos.
(Presidencia de la República Dominicana) Más revelador aún: el Ministerio de
Agricultura impulsó cultivos no tradicionales con vocación exportadora como el arándano y la uva de mesa, cuyas primeras cosechas comerciales generaron ingresos superiores a los 635,000 dólares. (Presidencia de la República Dominicana) Esto no es un dato menor. Es la señal de que el suelo dominicano puede producir riqueza diversa si se le da la misma atención institucional que se le da a un hotel de cinco estrellas en Punta Cana.
Pero producir no basta si no se transforma. La agroindustria, la avicultura, la artesanía con identidad cultural y el turismo interno son los cuatro pilares subdesarrollados que el Estado dominicano debe potenciar con política pública activa, no con discursos. El país ya es líder mundial en exportación de cigarros premium, y rubros emergentes como la pitahaya, el cacao de alta calidad, el coco seco, la papaya y vegetales de invernadero están captando mercados en Europa, el Caribe y Asia. (FreshPlaza) El Gobierno se ha comprometido a duplicar las exportaciones agropecuarias y agroindustriales de aquí a 2036 en el marco de la estrategia Meta RD 2036. (Presidencia de la República Dominicana) Esa ambición es correcta, pero requiere acelerar el paso.
La artesanía dominicana — larimar, ámbar, tejidos, tallados — sigue siendo un producto de pasillo de aeropuerto cuando podría ser una industria cultural exportable con marca país. El turismo interno, por su parte, permanece subestimado, cuando es precisamente la herramienta que mayor resiliencia aporta en tiempos de crisis: el dominicano que viaja dentro de su propio territorio no necesita visa ni dólar para dinamizar la economía local. Detrás de toda esta ecuación hay un problema cultural que nadie quiere nombrar con claridad: la mano de obra dominicana ha abandonado masivamente los campos, la construcción tradicional y el agro, cediendo esos espacios a la migración haitiana en condiciones que generan dependencia estructural y riesgos sociales evidentes. No se trata de xenofobia; se trata de estrategia nacional.
El Estado dominicano debe diseñar
incentivos reales — salarios dignos, capacitación técnica, acceso a crédito, vivienda rural — para que el dominicano vuelva a ver con orgullo el trabajo de la tierra, la construcción y la producción. Expertos advierten que el agro dominicano falla en alinear el conocimiento con los incentivos y la adopción real en el campo, y que es necesaria una reestructuración basada en diversificación de productos,
ordenamiento del uso del suelo y la prevención como política de competitividad. (Eldinero) Sin ese cambio cultural y de incentivos, toda la estrategia de diversificación quedará en el papel.
El turismo seguirá siendo nuestro gran motor, y debe serlo. Pero un motor de avión nunca vuela con un solo propulsor. El WTTC proyecta que para 2035 el turismo podría aportar más de US$29,000 millones al PIB dominicano, con la creación de 87,000 nuevos empleos adicionales. (Revista Mercado) Esas proyecciones son alentadoras si caminan paralelas al crecimiento de otros sectores, no como sustitutos del pensamiento estratégico. La zona franca, la manufactura especializada, la tecnología, la economía naranja y la energía renovable son sectores que el país puede desarrollar simultáneamente sin sacrificar el turismo, sino complementándolo. Una nación que solo exporta visitantes es frágil; una nación que exporta también conocimiento, alimentos, artesanía y servicios especializados es soberana.
El verdadero reto de la República Dominicana no es batir el próximo récord de llegadas aéreas. Es construir, con la misma disciplina y visión con que se construyó el turismo de clase mundial, una economía de múltiples anclas que no se hunda cuando el mar se pone bravo. Los dominicanos tenemos tierra fértil, creatividad, posición geográfica privilegiada y una identidad cultural poderosa. Lo que nos falta no es recurso, sino voluntad política y cultural de diversificar antes de que la crisis nos obligue a hacerlo. Porque cuando los mercados globales tiemblan, solo sobreviven los países que ya no dependen de un solo suelo para estar de pie.
Primitivo Gil es mercadólogo y periodista.
6 de Abril 2026.
