Néstor Estévez locutor y escritor.
Por Néstor Estévez
Es muy válido que en estos días “hagamos foco” en lo que necesitamos para que el 2026 sea un buen año. En la generalidad de los casos, aunque “en automático”, abundan los buenos deseos de Año Nuevo. Pero, ¿cómo pasar “del dicho al hecho”? ¿Cómo hacer para que eso se convierta en realidad?
Sin ínfulas de pretender dar “fórmula mágica”, he aquí una pista y tres claves a valorar. Iniciemos reparando en que vivimos en una época marcada por la aceleración permanente. La información circula sin descanso, los estímulos se multiplican y las plataformas digitales disputan cada segundo de nuestra atención. En este entorno, avanzar parece sinónimo de moverse rápido, de adaptarse sin pausa, de estar siempre conectados. Sin embargo, la verdadera pregunta no es cuánto nos movemos, sino hacia dónde y con qué criterios.
Las transformaciones recientes en la comunicación han ampliado nuestras capacidades de conexión, pero también han introducido nuevas fragilidades. El ecosistema digital, como muestran diversos estudios recientes, combina ventajas evidentes —inmediatez, alcance global, diversidad de formatos— con riesgos crecientes: sobreinformación, pérdida de profundidad, debilitamiento del vínculo interpersonal y proliferación de contenidos no verificados. En ese contexto, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad deseable para convertirse en una necesidad básica de supervivencia cívica.
Pensar críticamente hoy no significa desconfiar de todo, sino aprender a discriminar, a contextualizar, a detenerse antes de dar crédito y reaccionar. La lógica de la inmediatez, alimentada por algoritmos que premian la emoción rápida y la simplificación extrema, erosiona nuestra capacidad de análisis. Como advierten reputados investigadores en comunicación digital, la saturación informativa reduce la atención y favorece el consumo acrítico de mensajes, debilitando el juicio individual y colectivo.
Pero el pensamiento crítico, por sí solo, no basta. Necesita anclarse en un propósito claro. En una reciente y muy productiva conversación sobre metas personales y colectivas, entre amigos concordábamos en que avanzar requiere definir con precisión qué se quiere lograr, por qué y para qué.
