Primitivo Gil, Director TPM.
EDITORIAL | ACTUALIDAD INTERNACIONAL
Por: Primitivo Gil
Venezuela vive uno de los momentos más determinantes de su historia republicana. No se trata únicamente de una crisis política o económica, sino de una profunda lucha por la dignidad humana, las libertades fundamentales y el derecho de un pueblo a decidir su propio destino. Ante este escenario, la oración colectiva que hoy se eleva desde esa nación suramericana no es un gesto simbólico menor; es la expresión más genuina de un pueblo que se niega a perder la esperanza.

Cuando una nación ora, lo hace porque ha tocado fondo en muchas áreas, pero también porque reconoce que aún existe un camino hacia la redención. La fe, en el caso venezolano, se ha convertido en un lenguaje común que trasciende ideologías, partidos y diferencias sociales. Es un clamor que une a quienes permanecen dentro del país y a millones de venezolanos dispersos por el mundo, todos con un mismo anhelo: libertad, justicia y paz.
Las libertades fundamentales han sido el punto más sensible de esta crisis. La libertad de expresión, el derecho a disentir, a elegir, a manifestarse sin miedo y a vivir sin persecución política son pilares que han sido severamente vulnerados. Ninguna nación puede aspirar a un futuro estable si estos derechos continúan siendo negados o condicionados. La democracia no es negociable, y los derechos humanos no deben ser concesiones del poder, sino garantías inalienables del ciudadano.
El futuro de Venezuela no puede seguir secuestrado por la confrontación ni por el autoritarismo. La reconstrucción nacional exige voluntad política, diálogo verdadero, instituciones fuertes y un compromiso real con la legalidad y la transparencia. Pero también requiere sanar heridas, reconstruir la confianza y devolverle al ciudadano la certeza de que su voz cuenta y su voto vale.
Hoy, Venezuela ora, pero también observa. Observa a sus líderes, a la comunidad internacional y a sí misma. El mundo tiene la responsabilidad moral de no ser indiferente, y los actores internos el deber histórico de colocar el interés nacional por encima de cualquier ambición personal o de grupo.
La historia juzga con severidad a quienes desperdician las oportunidades de cambio. Venezuela está ante una de ellas. Que la oración que hoy se eleva no sea solo un acto de fe, sino el punto de partida de un nuevo pacto social, donde la libertad, la justicia y la dignidad humana vuelvan a ser el centro de la vida nacional.
— Primitivo Gil
Director Todo en el Punto
