
Sociólogo – Comunicador Dominicano
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El pasado fin de semana ha sido doloroso.
Sus horas se tornaron largas, tediosas y funestas.
El ambiente se arropó con un luctuoso manto para marcarnos a todos con el dardo de la tristeza.
La madre naturaleza iracunda ante el pertinaz, irreflexivo y demoledor accionar de quienes frecuentemente malogran sus encantos, pareció invitarnos a no olvidar la prudencia y la sensatez.
El rastro dejado es angustioso y lacerante, dejando una pesarosa moraleja que obliga a asumir la realidad nacional con una mayor responsabilidad colectiva, alejada de la manila demagogia y la inútil teatralidad de un modelo de gobernanza que luce estar cimentado, esencialmente, en la falacia y la sonoridad.
No ha de olvidarse que hace un año, fue esa misma naturaleza, arquitecto prodigioso, la que nos permitió el tiempo prudente para aprender lo necesario y desgraciadamente, no logramos asimilar la lección.
Lamentablemente, ahora surge el clamor y corren las lágrimas que genera la tragedia que envuelve a seres humanos valiosos a quienes no hemos respetado su derecho a la existencia.
Tendemos a olvidar que las fuertes corrientes de agua generadas por los torrenciales aguaceros reflejan siempre ser despiadadas al momento de inundar y destrozar los ranchos y ajuares de aquellos condenados a subsistir abrazados a la más espantosa pobreza.
La pesarosa experiencia que hoy nos toca volver a vivir obliga a ser superada sin enmarcarnos en los límites del suplicio y las lamentaciones y mucho menos en el cuestionable ejercicio de las acusaciones sin sentido.
Penosamente, tendremos que aprender de la tragedia y ser cada día más cautelosos, ponderados y sistemáticos al momento de evaluar nuestras infraestructuras viales y edificaciones en procura de evitar situaciones dantescas y desgarradoras como la recientemente registrada en la capital dominicana y en varios puntos de la geografía nacional.
No es hora de pretender buscarle “la quinta pata al gato.

