Por Luis Aníbal Medrano Silverio
A través de los tiempos, la humanidad se ha visto afectada por diferentes tipos de acciones contrarias a lo que se puede denominar fidelidad, siendo uno de los ejemplos más corrosivos los denominados enemigos internos ocultos, aquellos que, perteneciendo a una unidad, conspiran en contra de esta, o en casos más simples, personas de nuestro entorno violentan el sagrado principio de la lealtad.

Lo que registra la Sagrada Escritura como el principio de la existencia del hombre, donde relata el asesinato de Abel a cargo de las oprobiosas manos del enajenado Caín, es sin duda alguna la primera muestra de un enemigo interno oculto ejecutando su vil traición.
Cientos de miles, o tal vez más, acontecimientos con esos ribetes han acaecido durante el transcurrir de la existencia del ser humano como tal.
Pero lo que nos ocupa en esta ocasión es resaltar el grado de peligrosidad que posee quien adopta esa configuración mental porque, al ser beneficiario de membresía de un núcleo, por pequeño que sea, otorgándole la debida confianza, no se espera que actúe contrario a los principios establecidos.
Eso ocurre en el hogar, pasando por todos los estamentos sociales hasta llegar al superior gobierno. Traiciona el hijo a los padres, se traicionan las parejas, hermanos con hermanos, entre vecinos, el empleado al patrón, entre conocidos, el político a su partido, el cura a sus feligreses, el pastor a los siervos.

