Lic. Primitivo Gil periodista Director de Medios y comunicador.
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Por Primitivo Gil
Director de medios, mercadólogo y comunicador.
Hay una columna circulando esta semana, firmada por Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón en Listín Diario, que coloca sobre la mesa un tema que, más allá de nombres y aspiraciones particulares, merece una discusión seria dentro de la política dominicana: la unidad del Partido Revolucionario Moderno (PRM) y la posibilidad de que David Collado encabece su proyecto presidencial de cara a las elecciones de 2028.
Conviene comenzar reconociendo algo que no debe perderse en medio de la inevitable controversia política: el mensaje de Sanz Lovatón tiene un componente de desprendimiento político que merece ser valorado.
No es poca cosa que un dirigente con aspiraciones, trayectoria y posibilidades dentro de su organización plantee públicamente la necesidad de cerrar filas alrededor de otra figura. Sacrificar, o al menos colocar en segundo plano, un proyecto presidencial propio en nombre de la unidad partidaria constituye una señal que contrasta con una tradición política dominicana marcada, demasiadas veces, por el personalismo, las ambiciones individuales y la dificultad para ceder espacios.
Y precisamente por eso, el planteamiento merece ser tomado en serio.
Pero reconocer ese gesto no significa que el debate deba quedar reducido a la pregunta de quién será el candidato. La República Dominicana necesita una discusión mucho más profunda.
Unidad sí, pero con democracia interna
Nadie puede negar que la división interna ha sido una de las grandes debilidades históricas de los partidos dominicanos.
El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) sufrió profundas fracturas que terminaron debilitando su estructura y su capacidad electoral. El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), después de dieciséis años consecutivos en el poder, terminó dividido por diferencias internas que demostraron que ningún partido está inmunizado contra las luchas de liderazgo.
El propio nacimiento del PRM estuvo marcado por una ruptura y por la necesidad de construir una alternativa política frente a una estructura que había concentrado demasiado poder.
Por eso, si algo debe aprender la política dominicana es que unidad no puede significar unanimidad impuesta, ni tampoco aclamación anticipada.
La unidad verdadera se construye con reglas claras, democracia interna, respeto a los estatutos y competencia legítima.
Si David Collado termina siendo el candidato presidencial del PRM en 2028, lo ideal para la democracia dominicana no sería que llegara producto de una proclamación anticipada, sino de un proceso institucional que permita medir su liderazgo, contrastar propuestas y garantizar que las bases tengan la última palabra dentro de las reglas establecidas.
Y ahí está precisamente el desafío para el PRM.
Un partido que llegó al poder presentándose como una renovación de la política dominicana debe demostrar que puede hacer algo que otros partidos no lograron: construir una sucesión ordenada sin convertirla en una guerra interna ni en una imposición desde las alturas.
El gesto de Yayo y el mensaje que deja
En este punto hay que separar dos cosas.
Una es la candidatura de David Collado.
Otra, mucho más importante, es el mensaje político que está enviando Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón.
Si un dirigente con aspiraciones presidenciales entiende que la estabilidad y la unidad de su partido requieren colocar el interés colectivo por encima de su proyecto personal, esa decisión merece reconocimiento.
Porque la política dominicana necesita precisamente eso: dirigentes capaces de entender que servir no siempre significa ser candidato.
Ese gesto también coloca una vara alta para los demás dirigentes del PRM.
La pregunta ya no debería ser solamente quién quiere ser presidente en 2028, sino quién está dispuesto a hacer el sacrificio necesario para que su partido mantenga la cohesión, preserve su institucionalidad y, sobre todo, responda a las expectativas de la sociedad.
Sanz Lovatón, con su planteamiento, está enviando un mensaje que trasciende su propia aspiración: la política no puede ser una carrera permanente por ocupar la primera posición.
Y ese mensaje debería ser escuchado mucho más allá del PRM.
David Collado tiene méritos, pero el país debe mirar más allá del candidato
David Collado ha construido una trayectoria política que no necesita ser exagerada para ser reconocida.
Su paso por la Alcaldía del Distrito Nacional, su posterior responsabilidad al frente del Ministerio de Turismo y su posicionamiento nacional lo han convertido en una de las figuras con mayor visibilidad dentro de la nueva generación política dominicana.
Eso es un hecho.
También es legítimo que sectores del PRM vean en él una posibilidad de continuidad política y administrativa después del gobierno de Luis Abinader.
Pero una candidatura presidencial no puede sostenerse únicamente en encuestas, popularidad, relaciones personales o en la idea de continuidad.
Debe sostenerse en un proyecto de país.
El ciudadano quiere saber qué se hará con la electricidad, la salud, la educación, el transporte, la seguridad ciudadana, el costo de vida, la vivienda, el empleo, la migración, la institucionalidad y la calidad de los servicios públicos.
El verdadero debate de 2028 debería comenzar por ahí.
El país de los indicadores y el país de la calle
También sería injusto negar los resultados positivos que ha experimentado la República Dominicana en distintos indicadores durante los últimos años.
El crecimiento económico, el comportamiento del turismo, la estabilidad macroeconómica y otros avances deben ser reconocidos cuando corresponda.
Pero una sociedad democrática no puede evaluar un gobierno únicamente desde las estadísticas macroeconómicas.
Existe otro país.
El país que enfrenta interrupciones eléctricas.
El que espera atención en un hospital público.
El trabajador que pierde horas diariamente en los tapones.
La familia que siente que el costo de los alimentos consume una parte cada vez mayor de sus ingresos.
El joven que termina una carrera y todavía no encuentra un empleo acorde con su preparación.
La persona que reclama seguridad en su barrio.
Ese ciudadano también tiene derecho a formar parte del balance nacional.
El éxito de un gobierno no se mide únicamente por el tamaño del PIB; también se mide por la calidad de vida que ese crecimiento produce en la vida cotidiana.
Y esa será, inevitablemente, una de las grandes discusiones electorales de 2028.
La oposición tampoco puede mirar hacia otro lado
Aquí hay otra realidad que debe decirse con claridad.
La oposición dominicana no está en condiciones de presentarse como propietaria de la fórmula para corregir los problemas del país mientras reproduce internamente viejas prácticas políticas.
El PLD todavía enfrenta el desafío de reconstruir su liderazgo y superar las consecuencias de sus divisiones.
La Fuerza del Pueblo (FP) ha logrado consolidarse como una fuerza política importante, pero tampoco está exenta del debate sobre el peso de los liderazgos históricos y la renovación de sus estructuras.
Y el resto de las organizaciones políticas enfrenta igualmente el reto de construir propuestas capaces de conectar con una ciudadanía que ya no se conforma con consignas.
La República Dominicana no necesita cambiar un caudillo por otro. Necesita cambiar la cultura política que permite que los caudillos sean indispensables.
Ese es el verdadero desafío.
Porque resulta contradictorio criticar el personalismo del adversario mientras dentro de la propia organización se reproduce exactamente el mismo modelo.
El elector cambió
El dominicano de hoy tiene más acceso a información que generaciones anteriores.
Las redes sociales, los medios digitales y la posibilidad de contrastar inmediatamente una declaración con datos públicos han cambiado la relación entre el político y el ciudadano.
Pero también existe un elector más desconfiado.
Ya no basta con decir que un candidato es joven, preparado, popular o cercano al presidente de turno.
El ciudadano quiere resultados.
Quiere saber si su hijo tendrá oportunidades.
Quiere servicios públicos eficientes.
Quiere seguridad.
Quiere hospitales funcionales.
Quiere transporte digno.
Quiere electricidad estable.
Quiere que quien maneje recursos públicos pueda explicar, con documentos y transparencia, cómo los utilizó.
Y quiere algo todavía más importante: que las promesas tengan consecuencias políticas cuando no se cumplen.
La desconfianza ciudadana no debe interpretarse simplemente como apatía.
En muchos casos es una señal de advertencia.
El verdadero mensaje para el PRM
Si el PRM quiere llegar unido a 2028, tiene una oportunidad histórica.
Puede demostrar que una organización política moderna es capaz de organizar una sucesión presidencial sin fracturarse.
Puede demostrar que la unidad no significa silencio.
Puede demostrar que la democracia interna no es una amenaza.
Puede demostrar que los liderazgos emergentes pueden convivir con los liderazgos históricos.
Y puede demostrar que una generación que llegó al poder prometiendo una nueva forma de hacer política es capaz de retirarse de las viejas prácticas del caudillismo.
El gesto de Yayo Sanz Lovatón, al poner el interés de la unidad por encima de su propia aspiración, debería ser leído precisamente en esa dimensión.
No necesariamente como la coronación anticipada de David Collado, sino como una invitación a construir un proceso político diferente.
Si ese es el mensaje, entonces tiene valor.
El verdadero “momento”
El verdadero momento de la República Dominicana no debería ser el momento de David Collado, ni el de cualquier otro aspirante.
Tampoco debería ser el momento de un partido específico.
Debe ser el momento de una nueva cultura política.
Una cultura donde los partidos compitan con ideas y no solamente con estructuras.
Donde los candidatos se midan en procesos democráticos.
Donde la unidad sea producto del consenso y no del miedo a la división.
Donde los dirigentes sean capaces de sacrificar aspiraciones personales cuando el interés colectivo lo demande.
Donde la oposición tenga propuestas y no únicamente críticas.
Donde el oficialismo acepte el escrutinio y no confunda respaldo electoral con cheque en blanco.
Y donde el ciudadano deje de ser visto únicamente como un voto que aparece cada cuatro años.
Porque el país no necesita que le anuncien quién tiene “el momento”.
El país necesita saber quién tiene la visión, la capacidad, el equipo, la honestidad y el proyecto para enfrentar los problemas que todavía permanecen pendientes.
Si David Collado logra demostrarlo dentro de un proceso democrático, tendrá todo el derecho a aspirar a la Presidencia.
Si otro dirigente lo demuestra, tendrá el mismo derecho.
Y si la sociedad termina exigiendo una alternativa distinta, también deberá ser escuchada.
Ese es el verdadero significado de la democracia.
Por eso, más que preguntar quién será el candidato de 2028, deberíamos comenzar a preguntar:
¿Qué República Dominicana queremos construir y quién está dispuesto a sacrificar sus intereses personales para hacerla posible?
Ahí está el verdadero momento.
Primitivo Gil
Director de medios, mercadólogo y comunicador.
Esta columna expresa un análisis independiente del autor y no representa una posición partidista de Todo en el Punto Multimedia.
